¿Sabes qué siente un zombi? Yo sí


Siempre que veía cada película de zombis, me preguntaba si esos muertos tenían algún tipo de pensamiento o sentimiento. Mi lógica me planteaba una idea absurda: si ellos querían comer (cerebros) era porque tenían una necesidad, su cuerpo les pedía algo y su mente lo procesaba, entonces, ¿podían sentir algo? ¿Realmente estaban muertos? Conocerte me dio esa respuesta.

Recuerdo como si fuera ayer lo que sentí al verte por primera vez. No fue flotar, ni sentir que el aire me abandonaba porque tú me mirabas. Para mí, fue el momento más ridículamente lleno de seguridad. No me refiero a protección, hablo de certeza. Sabía, o mi cuerpo lo sabía de alguna estúpida e inexplicable forma, que desde ese día jamás ibas a desaparecer de mi vida.

Cada encuentro a tu lado en distintos escenarios hacía que esa certeza creciera, pero también dio paso al miedo y la incertidumbre. El torrente creado por esos tres sentimientos, algunos opuestos, me estaba volviendo loca, si se puede describir de alguna forma. No entendía cómo podía estar tan segura de que estabas e ibas a estar presente siempre y, al mismo tiempo, sentir como si una ráfaga de frío helado congelara mis huesos cada vez que te veía, por no saber si eras bueno para mí o eras producto de un deseo profundo lanzado a las estrellas pero entregado con un oscuro propósito.

Las estaciones y sus cambios me hicieron probar otras opciones en forma de escape. Sentía que si no intentaba huir, algo oscuro me esperaría al final del camino que conducía a ti, pero, como las abejas a la miel, así terminé yo yendo hacia tus brazos. Recuerdo como aquel día, rodeado de paisajes congelados, árboles marchitos, calles solas y ese remolino de sentimientos al encontrarme sola en una estación lejana esperando algo que no sabía si estaba bien, fueron la antesala a un abrazo que, entre certeza, miedos y calidez, me obligó a desconectar mi cerebro y todo mecanismo de pensamiento o decisión racional. Los días transcurrieron y cada uno de ellos formaba parte de la montaña rusa que representaban en mi vida. Ellos dieron paso a los meses y, con ellos, los años, haciéndome cada vez menos capaz de razonar a tu lado.

Fue entonces cuando no solo entendí a aquellos zombis que vi en la pantalla de aquel televisor, comprendí cada uno de sus muertos sentimientos, y cómo haber amado tanto pudo llevarlos a un estado en el que no piensas porque tu mente y cerebro se quedó congelado. El dolor que se siente es tan profundo que comienza cerrando tu garganta, aguando tus ojos pero sin soltar ninguna lágrima todavía, porque es tanta la indignación y el calor de la rabia que está canalizando tu cuerpo que el líquido en tus ojos se queda preso hasta que tu cuerpo entra en un estado desconectado de todo tiempo posible, de toda presencia y solo existes. Desde ese momento, tu cuerpo se alimenta porque sabe que debe sobrevivir, drena el líquido en tus ojos porque impide la visión, respira poco para oxigenar la sangre pero no se va el nudo en la garganta y eso impide volver a pronunciar palabra alguna.

Ahora soy un zombi más.

Comentarios

Entradas populares